Ensayo
Necromanía
CLAUDIO NEGRETE
(Sudamericana - Bs. As.)
En pocos meses, volverán a las calles los afiches con las imágenes de Juan Domingo Perón y de Eva Duarte, pagados tanto por kirchneristas como por justicialistas disidentes, y se verá, renacido, el rostro de Raúl Alfonsín en la cara de su hijo Ricardo. Cada elección es tiempo de volver a ilusionarse con un idealizado pasado que siempre fue mejor. Pero, a criterio del periodista Claudio Negrete, esa atadura impide el crecimiento de la sociedad argentina y la condena a no cerrar períodos históricos ya superados, los que (para peor) nunca volverán.
Esta reproducción de imágenes es sólo el aspecto más amable de la tendencia argentina a la manipulación de los muertos, que Negrete desarrolla documentadamente, y con unos 200 ejemplos reunidos a lo largo de varios años de trabajo, en su libro Necromanía. La palabra que hace de título no está reconocida por el diccionario de la Real Academia Española de Letras, sino que es definida por el propio autor como "una manía no reconocida de abusar de la muerte -con todo lo que ello implica- y de sus excluyentes protagonistas, los muertos".
Incorporados naturalmente a los dichos populares y hasta a las canciones patrias, los vocablos muerte, matar o morir están cotidianizados al extremo de que, como es público y notorio, en los festivos feriados nacionales se honra al prócer en el día de su deceso. La excepción que confirma la regla es Juan Bautista Alberdi, a quien se lo recuerda por su nacimiento.
Pero, como si ese homenaje hubiese sido un error, el autor de las Bases fue protagonista involuntario del proceso de llevar y traer restos (y hasta despojos en algunos casos), diseñado en la década del 90 para conseguir beneficios políticos por parte del menemismo y de sus candidatos provinciales, como lo describe con precisión Negrete. En su estudio, abunda también en la aparición de los santos populares, los velorios multitudinarios, la intencionalidad perversa de la desaparición forzada de personas, el desmembramiento de cuerpos, el uso reiterado de los mismos féretros, los embalsamamientos y hasta de una curiosa pesca de cajones flotantes cuando se inundó el cementerio de Carhué, pequeña ciudad de 10.000 habitantes en la provincia de Buenos Aires. Todos ellos son casos, en definitiva, que evidencian la dificultad de los muertos de descansar en paz.
Los muertos y los vivos
Más allá de la sucesión de hechos que desliza el autor (algunos sorprenden, otros alarman, muchos hacen recordar y todos, en definitiva, permiten reflexionar), abordar este libro implica que cada lector se haga cargo de su parte en la construcción social de una cultura que todavía no ha logrado ubicar a la muerte en su lugar de final de algo y paso a otra cosa (con o sin referencia de las creencias individuales), sino que trata de mantener latente a quien estuvo con vida para su admiración, su desprecio o hasta para la incertidumbre de no saber dónde llevarle flores.
Admite expresamente Negrete que en otros lugares del mundo también llegan a producirse hechos similares con referentes de la sociedad, pero puntualiza que son excepcionales, que rompen la rutina y son rechazados por la mayoría de una comunidad. En la Argentina, en cambio, se naturaliza este tipo de situaciones y se las incorpora al trato casi ordinario que se le da a los cadáveres ilustres, sean ídolos artísticos o líderes políticos invocados como propiedad exclusiva de determinados sectores.
Quizás sea exagerado decir, como lo hace Negrete, que esta costumbre necrómana le impide a los argentinos "salir de este círculo vicioso y redireccionar esa energía hacia el presente, a la construcción de un país de esperanzas", ya que los motivos de no poder hacerlo son múltiples. En cambio, tiene razón el autor en que a partir de que se respete a los muertos y a sus tumbas se dará un paso importante en la manera de vincularnos entre los vivos.
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Fabio Ariel Ladetto